lunes, 9 de abril de 2012
Ayer noche
Creí verte acercándote lento y titubeante como la primavera que se vislumbra henchida de flores y sol. Escuché tu voz dirigida a mí y temblé. Y en el tropel de gente éramos sólo tú y yo, y en el fárrago de ruidos estaba sólo tu voz. No dijimos nada que recordar, sólo fue tu voz buscando mi voz, provocando que se deslizaran las gotas de sudor por mi espalda. Y te sonreí, sonreí cada vez que volví a verte y he sonreido cada vez que te veo en el recuerdo, hasta ahora. Sonreí con tu sonrisa de niño, con la inocencia que perdí y que siento que me das de nuevo sólo tú. Sonreí sin ansias, tranquila, con la paz que he buscado tanto tiempo sabiendo que estás ahí tanto como no estás. Y eres tú, distinto a mí, una mente propia y lejana. Puedes acercarte o huir. Podría pasar cualquier cosa y dejaré que suceda lo que suceda. Lo haga o no las cosas toman su curso, se bifurcan o se entrelazan, se despedazan e incendian. Pero ayer noche tuve tu voz y te di la mía. Quisiera haber dicho tanto, pero aún no es el tiempo de las palabras.
viernes, 30 de marzo de 2012
Rojo
Elegí el rojo. Un rojo en los labios, tan predecible. Una camisa de cuadros roja un día, una chamarra roja al otro. Y volviste tu mirada a mí. Elegí el rojo porque es tu color. El color de tus labios impredecibles, el color de tu ropa con el que te siento de reojo mientras vas de acá para allá y a veces te detienes y volteas. Eres rojo en mi recuerdo y en la sangre que se agalopa cuando pienso en ti, en el delineado cortorno de tus brazos y en tu lengua tras esa sonrisa de niño que me llega y me contagia. Eres rojo como mis mejillas encendidas de tanto correr pensando en ti, correr más rápido tratando de alcanzarte, de llegar y sin moverme.
Y te pienso y ya soy esa sonrisa también.
Y te pienso y ya soy esa sonrisa también.
lunes, 19 de marzo de 2012
Las tardes del domingo el sol entraba por el ventanal de tu cuarto llenándolo todo de ese calor que incita a la siesta. Los otros días no. Otros días el cuarto se calentaba como si fuera un horno y había que huir a la terraza o al piso de abajo sin ventanas, sin luz de día. Y entonces no había forma de sentarse a leer ni de sentarse a nada y a la noche dabas vueltas en la cama sin poder deshacerte del hastío del día, sin descanso de ese calor.
Los domingos nos refugiábamos en tu cuarto al comenzar la tarde. Tras la comida, nos acostábamos en tu cama y tras los besos venía el sueño tomada de tu mano o abrazada de ti, con tu respiración en mi frente. Dormíamos sin dormir soñando con nosotros, seguramente. Ahí hablábamos siempre, casi susurrando, con tú música al fondo. Ahí lloré tantas veces al final antes de irme de ahí pues tras la tarde perfecta caía en la cuenta de la realidad, de que me iba de esa ilusión de las tardes de domingo donde todo quedaba flotando como en espera de que nosotros regresáramos al mundo. Todo se mantenía en espera y entonces las cosas funcionaban sin fisuras en ese rincón cálido y acogedor, tomados de las manos, entre besos y nuestra respiración al unísono. Y lloraba sin saber por qué me iba y dejaba eso que era lo que más quería y llenaba mi vida. Y me abrazaba a ti con brazos y piernas tratando de asir el momento que se iba al ponerse el sol y comenzar el camino de vuelta a casa donde descubría que yo era otra cosa, más que esas tardes de domingo, de la comodidad de ese sopor y la incertidumbre de tus besos.
Al final las tardes de domingo son las que más han pesado cuando estoy sola. Y aquí también entra el calor de la tarde, si es la estación correcta, sino apenas a veces alumbra el sol. Pero da igual, la venta de doble vidrio me recuerda que nunca volverá el ventanal de tu cuarto ni esa luz de la tarde. Los gritos de la calle no serán los de los niños de las casas de al lado de la tuya, no serán en español. No hay gritos en la tarde, sino en la mañana, cuando me pesa levantarme sea domingo o sea cualquier día. Y ahora sé que el mundo funciona siempre con fisuras, para todos, y que siempre será así.
Yo no vine huyendo de ti, tú te quedaste escapando de mí. Quizá lo que yo veía como calma era para ti un huracán que destrozaba todo lo que eras cada vez que aparecía. Y esos sueños que soñábamos tomados de la mano eran sueños alejados enre sí, motivados por el cansancio de tanto tiempo juntos y lo que parecía aún faltar.
Los domingos nos refugiábamos en tu cuarto al comenzar la tarde. Tras la comida, nos acostábamos en tu cama y tras los besos venía el sueño tomada de tu mano o abrazada de ti, con tu respiración en mi frente. Dormíamos sin dormir soñando con nosotros, seguramente. Ahí hablábamos siempre, casi susurrando, con tú música al fondo. Ahí lloré tantas veces al final antes de irme de ahí pues tras la tarde perfecta caía en la cuenta de la realidad, de que me iba de esa ilusión de las tardes de domingo donde todo quedaba flotando como en espera de que nosotros regresáramos al mundo. Todo se mantenía en espera y entonces las cosas funcionaban sin fisuras en ese rincón cálido y acogedor, tomados de las manos, entre besos y nuestra respiración al unísono. Y lloraba sin saber por qué me iba y dejaba eso que era lo que más quería y llenaba mi vida. Y me abrazaba a ti con brazos y piernas tratando de asir el momento que se iba al ponerse el sol y comenzar el camino de vuelta a casa donde descubría que yo era otra cosa, más que esas tardes de domingo, de la comodidad de ese sopor y la incertidumbre de tus besos.
Al final las tardes de domingo son las que más han pesado cuando estoy sola. Y aquí también entra el calor de la tarde, si es la estación correcta, sino apenas a veces alumbra el sol. Pero da igual, la venta de doble vidrio me recuerda que nunca volverá el ventanal de tu cuarto ni esa luz de la tarde. Los gritos de la calle no serán los de los niños de las casas de al lado de la tuya, no serán en español. No hay gritos en la tarde, sino en la mañana, cuando me pesa levantarme sea domingo o sea cualquier día. Y ahora sé que el mundo funciona siempre con fisuras, para todos, y que siempre será así.
Yo no vine huyendo de ti, tú te quedaste escapando de mí. Quizá lo que yo veía como calma era para ti un huracán que destrozaba todo lo que eras cada vez que aparecía. Y esos sueños que soñábamos tomados de la mano eran sueños alejados enre sí, motivados por el cansancio de tanto tiempo juntos y lo que parecía aún faltar.
miércoles, 8 de febrero de 2012
Nos veremos en Barcelona, ya verás, aunque no vas a morir. Curiosamente por culpa de mi hermano estoy en una etapa de escuchar The Smiths-Morrissey sin parar y ayer que escuchaba "There's a light" fue tu imagen la que se me vino a la mente, justo mientras tú soñabas. Con quién me gustaría morir... Pensé en ti mientras tú soñabas que pasabas tus últimos días conmigo.
No sé qué signifique tu sueño o qué deseo esconde realmente pero definitivamente nos veremos y platicaremos y pasaremos mucho tiempo juntos y nadie morirá, al menos no literalmente. Good times for a change, siguiendo con los Smiths.
domingo, 5 de febrero de 2012
Dignidad
Y al fin, ¿qué es la dignidad? Dices esas palabras que el otro no va a decir. Pides perdón. Cedes.
Quizá no es tan malo si en el fondo lo haces por tí, por no quedarte despierta esa noche sintiendo el frío de la llegada de la primavera y duermes tranquila pensando que lograste conservar algo que supones valioso.
Quizá no es tan malo si en el fondo lo haces por tí, por no quedarte despierta esa noche sintiendo el frío de la llegada de la primavera y duermes tranquila pensando que lograste conservar algo que supones valioso.
Y no habrá quien escuche
Estás sola. Lo que hagas o vayas a hacer lo vas a lograr por tu cuenta. No lo harás por alguien ni nadie lo hará por ti. Tú lo estás haciendo sola. Y te está yendo bien y estás logrando un montón de cosas. ¿Ves? Aquí dice que hay mucha suerte. No hay amor, pero tienes mucha suerte en tu vida. Sólo estás tú. Si lo ves así es muy bueno.
Y al final del día llego a trabajar en eso que estoy haciendo yo sola y estoy sola. Sin nadie con quien compartirlo, sin nadie a quien le importe. Ni amigos ni amor. Y ceno frente a la computadora en una casa vacía mientras pienso qué pasaría si volviera a marcarle a él y le dijera que viniera a tomarse una cerveza conmigo, como la primera vez, y estar para él y que él esté para mí, sólo a veces, sólo cuando él quiera. Pero que haya alguien, al fin, apenas cruzando la puerta. Y que piense en mí, conteste mis mensajes y prometa llevarme a comer algún día. Y me diga que envidia al hombre que me gusta, que me pida que lo quiera en el filo de su vulnerabilidad aunque luega vuelva a ser él mismo, quien siempre va a ser, frío e indiferete, cruel. Pero que pase un rato aquí y me bese a veces. Que me necesite a veces y me llame. Que diga mi nombre en la oscuridad. Que ponga su brazo, a veces, para que me recueste sobre él. Que responda cuando llame, aunque peleemos cuando viene.
Y no. No le hablaré porque estoy sola pero estoy haciendo muchas cosas y todas las estoy logrando sola. Y quien puede hacer tantas cosas solo no debe necesitar de alguien así, aunque no venga quien debe de venir. Y quién sabe ya si ese existe, el que dicen que llegará. ¿Si tarda tanto valdrá la espera? No lo sé. Y al fin, hay gente que me deja necesitarla y la necesito y estoy para ellos, para él. Sí hay un él. Y ahí está inalcanzable. No me importa ya alcanzarlo. Pero está para que le de tiempo, fuerzas y no está para darme tiempo ni fuerzas, ni nada. Y apenas pido algo se va y me quedo más sola, logrando las cosas por mí para mi para disfrutarlo todo yo nada más.
Y cae la noche y me quedo aquí escribiendo, viendo una pantalla que no cambia. Sigo haciendo cosas que querré contar y no habrá quien escuche.
Y al final del día llego a trabajar en eso que estoy haciendo yo sola y estoy sola. Sin nadie con quien compartirlo, sin nadie a quien le importe. Ni amigos ni amor. Y ceno frente a la computadora en una casa vacía mientras pienso qué pasaría si volviera a marcarle a él y le dijera que viniera a tomarse una cerveza conmigo, como la primera vez, y estar para él y que él esté para mí, sólo a veces, sólo cuando él quiera. Pero que haya alguien, al fin, apenas cruzando la puerta. Y que piense en mí, conteste mis mensajes y prometa llevarme a comer algún día. Y me diga que envidia al hombre que me gusta, que me pida que lo quiera en el filo de su vulnerabilidad aunque luega vuelva a ser él mismo, quien siempre va a ser, frío e indiferete, cruel. Pero que pase un rato aquí y me bese a veces. Que me necesite a veces y me llame. Que diga mi nombre en la oscuridad. Que ponga su brazo, a veces, para que me recueste sobre él. Que responda cuando llame, aunque peleemos cuando viene.
Y no. No le hablaré porque estoy sola pero estoy haciendo muchas cosas y todas las estoy logrando sola. Y quien puede hacer tantas cosas solo no debe necesitar de alguien así, aunque no venga quien debe de venir. Y quién sabe ya si ese existe, el que dicen que llegará. ¿Si tarda tanto valdrá la espera? No lo sé. Y al fin, hay gente que me deja necesitarla y la necesito y estoy para ellos, para él. Sí hay un él. Y ahí está inalcanzable. No me importa ya alcanzarlo. Pero está para que le de tiempo, fuerzas y no está para darme tiempo ni fuerzas, ni nada. Y apenas pido algo se va y me quedo más sola, logrando las cosas por mí para mi para disfrutarlo todo yo nada más.
Y cae la noche y me quedo aquí escribiendo, viendo una pantalla que no cambia. Sigo haciendo cosas que querré contar y no habrá quien escuche.
sábado, 17 de diciembre de 2011
Caminamos por las calles oscuras en una madrugada de invierno. Yo no te tomé del brazo, tú me tomaste a mí como un pequeño. Caminé de prisa contigo evadiendo al hombre que te seguía a ti, que quería meterse contigo en la cama pero que rechazaste porque sólo buscaba eso y tú querías más. Bajamos las escaleras del metro y él se quedó tras los torniquetes mirándote como quien deja ir al amor de su vida, al ángel que descubrió por casualidad en un bar lleno de gente extraña donde todos buscan y ofrecen y vienen y van. Todos menos tú, inseguro y solo.
Yo también te conocí meses atrás en un bar lleno de gente extraña donde algunos bailaban y otros buscaban. Yo sólo bailaba hasta que te vi. Cuando al fin dejé de buscar apareciste alto y espléndido, magnífico. Sólo verte fue mi recompensa por haber sufrido, por haber llorado tanto. Tantas veces llamé. Apenas te vi me dije convencida que al fin mi llamado había llegado a ti, cuando al fin el llanto había cesado y sólo soltaba ligeros sollozos de vez en vez. Quise hundirme en tus brazos y sanar en tu piel, siguiendo tu respiración, buscando tus miradas. Te quise desde el principio en que sólo verte me hacía temblar como niña y con el temblor sacudía las tristezas, la oscuridad de mi rostro, la dureza de mi mirada. Viniste como una ola de luz, de fuerza, de agua que sanó todo y me hizo la persona que siempre quise ser, que pensé que sería para ti. Y me dediqué a ti desde el principio. Fui leal, perseverante, paciente, intensa y alocada. Fui lo que quería ser para ti, para quien merecía todo eso, mi fuerza, mi voz, mis palabras, mi tiempo. Fui todo lo que soy, lo que había querido ser. Fui todo.
Pero no pude ser todo para ti. Quise ser alma contigo y fui cuerpo, un cuerpo de mujer. Fui tan mujer que acabé siendo quien cuidaba de ti siendo yo la que buscaba el solaz. Yo fui lo que soy, lo que quise ser y tú jamás querrás eso en este cuerpo. No somos almas aquí. Somos los brazos, las piernas, los labios, los ojos, el busto o el tórax, falo o matriz. Yo no soy lo que tú buscas en esos cuerpos que buscan y ofrecen y vienen y van. Yo soy todo y no lo podrás ver nunca en este cuerpo que habito.
Lo sé desde que me hablaste a mi como sólo habías hablado a poquísimas personas. Y hablaste con el miedo de haber perdido a una o dos por nada más que ser tú en este cuerpo, en este rol. Y desde aquella conversación que fue como la primera del mundo te asiste a mi brazo y me pediste que tomara el tuyo y fuimos dos almas lado a lado conociéndose. Pero yo no quería ser sólo un alma contigo, quería el fuego del cuerpo y la explosión que anticipaba con sólo verte. Aún la anticipo esperando quee poco a poco se desvanezca.
Esperando en el andén del metro comenzaste a hablar de ti y de tu historia. Tú tampoco eres sólo alma, no mientras estemos en este mundo y entre esta gente. Tú no puedes ser quien eres frente a todos pero lo eres conmigo. En este país sólo conmigo. Y entonces hablaste de quien te ha herido, de la soledad y los remordimientos, de fallarte a ti y de fallarle a otros. Y hablaste de las lágrimas que han corrido mientras dejabas caer más. Yo te miré entonces como quien deja ir al amor de su vida y te abracé como al amigo más cercano, al de las palabras más claras, al de los secretos más profundos.
Al amanecer llegamos a mi casa y dormiste en mi cama tranquilo y dulce. A mi lado, tan cerca, tan lejos.
Yo también te conocí meses atrás en un bar lleno de gente extraña donde algunos bailaban y otros buscaban. Yo sólo bailaba hasta que te vi. Cuando al fin dejé de buscar apareciste alto y espléndido, magnífico. Sólo verte fue mi recompensa por haber sufrido, por haber llorado tanto. Tantas veces llamé. Apenas te vi me dije convencida que al fin mi llamado había llegado a ti, cuando al fin el llanto había cesado y sólo soltaba ligeros sollozos de vez en vez. Quise hundirme en tus brazos y sanar en tu piel, siguiendo tu respiración, buscando tus miradas. Te quise desde el principio en que sólo verte me hacía temblar como niña y con el temblor sacudía las tristezas, la oscuridad de mi rostro, la dureza de mi mirada. Viniste como una ola de luz, de fuerza, de agua que sanó todo y me hizo la persona que siempre quise ser, que pensé que sería para ti. Y me dediqué a ti desde el principio. Fui leal, perseverante, paciente, intensa y alocada. Fui lo que quería ser para ti, para quien merecía todo eso, mi fuerza, mi voz, mis palabras, mi tiempo. Fui todo lo que soy, lo que había querido ser. Fui todo.
Pero no pude ser todo para ti. Quise ser alma contigo y fui cuerpo, un cuerpo de mujer. Fui tan mujer que acabé siendo quien cuidaba de ti siendo yo la que buscaba el solaz. Yo fui lo que soy, lo que quise ser y tú jamás querrás eso en este cuerpo. No somos almas aquí. Somos los brazos, las piernas, los labios, los ojos, el busto o el tórax, falo o matriz. Yo no soy lo que tú buscas en esos cuerpos que buscan y ofrecen y vienen y van. Yo soy todo y no lo podrás ver nunca en este cuerpo que habito.
Lo sé desde que me hablaste a mi como sólo habías hablado a poquísimas personas. Y hablaste con el miedo de haber perdido a una o dos por nada más que ser tú en este cuerpo, en este rol. Y desde aquella conversación que fue como la primera del mundo te asiste a mi brazo y me pediste que tomara el tuyo y fuimos dos almas lado a lado conociéndose. Pero yo no quería ser sólo un alma contigo, quería el fuego del cuerpo y la explosión que anticipaba con sólo verte. Aún la anticipo esperando quee poco a poco se desvanezca.
Esperando en el andén del metro comenzaste a hablar de ti y de tu historia. Tú tampoco eres sólo alma, no mientras estemos en este mundo y entre esta gente. Tú no puedes ser quien eres frente a todos pero lo eres conmigo. En este país sólo conmigo. Y entonces hablaste de quien te ha herido, de la soledad y los remordimientos, de fallarte a ti y de fallarle a otros. Y hablaste de las lágrimas que han corrido mientras dejabas caer más. Yo te miré entonces como quien deja ir al amor de su vida y te abracé como al amigo más cercano, al de las palabras más claras, al de los secretos más profundos.
Al amanecer llegamos a mi casa y dormiste en mi cama tranquilo y dulce. A mi lado, tan cerca, tan lejos.
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